- Un viaje a la mente del asesino
- Por Lic. Jaime Selser — Creador de contenidos digitales y analista de medios
En este momento, la sociedad argentina debate en el Parlamento la posible baja de la edad de imputabilidad de los menores. El tema divide, incomoda y expone una herida abierta: la violencia extrema protagonizada por jóvenes.
En ese contexto inevitablemente surge la pregunta que atraviesa tribunales, familias y conciencias:
¿por qué matan los que matan?
¿Por qué alguien decide cruzar la frontera definitiva?
¿Por qué, como ocurrió en el crimen de Fernando Báez Sosa, un grupo de adolescentes rodea a un joven que ya está en el suelo y continúa golpeándolo hasta apagarle la vida?
La madrugada del 18 de enero de 2020 en Villa Gesell dejó una escena que aún duele en la memoria argentina: patadas dirigidas a la cabeza de una víctima indefensa, repetidas con una violencia que parecía no tener freno. No fue un arrebato de segundos. No fue un accidente. Fue una secuencia de agresión sostenida que terminó en homicidio.
Ese caso —como tantos otros en el mundo— obliga a mirar más allá del expediente judicial y entrar en una zona incómoda: la psicología de la violencia y la mente homicida.
Y también reabre un viejo debate moral: si toda conducta tiene consecuencias, ¿por qué algunos cruzan igual la frontera?
Cuando la violencia se vuelve manada
Los criminólogos describen que en ataques colectivos como el de Báez Sosa suelen activarse mecanismos psicológicos muy concretos:
Desindividualización
En grupo, la responsabilidad se diluye. El “yo” se esconde detrás del “nosotros”. Lo que uno solo quizá no haría, el grupo lo empuja.
Efecto de dominación
La víctima caída genera, en perfiles violentos, una sensación de poder extremo. No buscan sólo dañar: buscan someter.
Escalada emocional
La violencia grupal funciona como un incendio: cada golpe habilita el siguiente. La adrenalina nubla el freno moral.
Empatía suspendida
En muchos agresores jóvenes aparece un fenómeno clave: la incapacidad momentánea —o estructural— de registrar al otro como persona que sufre.
No es locura: es otra cosa
Uno de los grandes errores sociales es suponer que todo homicida está “fuera de sí”.
La evidencia judicial en múltiples casos muestra algo más inquietante: muchos agresores comprenden lo que hacen.
No siempre hay delirio.
No siempre hay psicosis.
Muchas veces hay:
impulsividad extrema
necesidad de afirmación grupal
pobre control de la agresión
y, en algunos perfiles, rasgos psicopáticos tempranos
El horror, entonces, no proviene de la locura absoluta.
Proviene de la desconexión emocional.
Caso argentino I: el niño que aterrorizó Buenos Aires
La historia criminal argentina tiene un capítulo que aún hiela la sangre.
A comienzos del siglo XX, Cayetano Santos Godino, el “Petiso Orejudo”, cometió asesinatos siendo menor de edad. Confesó cuatro homicidios de niños y múltiples ataques.
Su caso rompió un mito tranquilizador: la infancia no siempre es inocente.
Fue considerado inimputable por su edad y enviado a un hospicio por tiempo indeterminado. Pero la pregunta quedó flotando sobre la Buenos Aires de entonces —y también sobre la de hoy—:
¿nace o se hace un asesino?
Caso argentino II: el rostro angelical del horror
Rubio. Joven. De apariencia tranquila.
Nada en la superficie anticipaba el abismo.
Entre 1971 y 1972, Carlos Robledo Puch, conocido como “el Ángel Negro”, asesinó a once personas durante robos violentos. Los peritos lo definieron como psicópata perverso pero imputable: comprendía perfectamente lo que hacía.
Nunca mostró arrepentimiento.
Décadas después, ya anciano, dejó una frase brutal que quedó registrada en expedientes:
“Que me inoculen veneno y me maten”.
Entre aquella frialdad juvenil y ese pedido final hay medio siglo de encierro… y un enigma que la ciencia aún no termina de descifrar.
Ecos del mundo: depredadores sin frontera
El fenómeno no reconoce geografía.
En Alemania, Volker Eckert comenzó su espiral homicida a los 15 años al matar a una compañera de escuela, y años después confesó múltiples asesinatos de mujeres.
En el Reino Unido, Levi Bellfield fue condenado a cadena perpetua por el asesinato de jóvenes, tras llevar durante años una vida aparentemente normal.
En Bolivia, Richard Choque fue diagnosticado con trastorno antisocial con rasgos psicopáticos: frialdad emocional, agresividad y ausencia de culpa.
Distintas épocas.
Distintos países.
Un mismo patrón que se repite como una sombra.
Lo que dijeron los pensadores sobre el crimen y sus consecuencias
Mucho antes de los manuales de criminología, los grandes pensadores ya advertían sobre la relación inevitable entre actos y consecuencias.
Platón sostenía que “la peor pena del que comete injusticia es convertirse en injusto”. El castigo comienza dentro del propio autor.
Thomas Hobbes advirtió que sin normas firmes la sociedad cae en una guerra de todos contra todos, donde la vida se vuelve “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”.
Cesare Beccaria, padre del derecho penal moderno, fue directo: “Para que la pena no sea violencia de uno o de muchos contra un ciudadano, debe ser esencialmente pública, pronta y necesaria”.
Y Immanuel Kant dejó una sentencia que atraviesa siglos:
“Si perece la justicia, carece ya de valor que vivan hombres sobre la tierra.”
En todas estas miradas subyace la misma advertencia milenaria:
los actos humanos no son neutros; siempre dejan huella y siempre generan respuesta.
¿Qué los lleva a matar?
No hay una única causa, pero la investigación criminológica identifica factores de riesgo recurrentes:
Factores personales
trastornos de personalidad
impulsividad extrema
sadismo o búsqueda de excitación
Factores biográficos
abuso o violencia en la infancia
negligencia emocional
humillaciones persistentes
Factores situacionales
consumo problemático de drogas
acceso fácil a la violencia
contextos de agresión normalizada
Pero hay un dato clave que la evidencia repite:
la mayoría de las personas que atraviesan estas condiciones nunca mata.
Ahí reside el verdadero misterio.
Conclusión final
Comprender no es justificar.
Analizar no es absolver.
Pero una sociedad que sólo se horroriza y no intenta entender camina a ciegas frente al abismo.
Porque el asesino no siempre nace en la oscuridad absoluta.
A veces crece a la vista de todos.
A veces sonríe en la foto familiar.
A veces fue —antes que victimario— un niño que nadie supo leer a tiempo.
Los viejos filósofos lo advirtieron hace siglos: cada acto humano escribe su propia consecuencia.
Y tal vez la pregunta más inquietante no sea por qué matan los que matan…
sino cuántas señales ignoramos antes del primer golpe y cuántas veces la sociedad llega tarde a la hora de hacer que el que las hace, las pague. Justicia justicia, perseguirlas








