jueves, julio 25, 2024

UN AFORISMO PARA RENÉ FAVOLORO, EN EL DÍA MUNDIAL DEL CORAZÓN

Por José Narosky

«Sólo erguido se pueden sembrar principios».

La Federación Mundial del Corazón, con el apoyo de la OMS y la UNESCO, estableció el 29 de septiembre del 2000 como el primer “Día Mundial del Corazón”. Esto busca dar a conocer masivamente las enfermedades cardiovasculares, su prevención, control y tratamiento.

La enfermedad cardiovascular (ECV), que incluye loa problemas cardíacos y cerebrovasculares, es actualmente responsable de 17,5 millones de muertes prematuras. Y si no cambiamos nuestros hábitos, se estima que esa cifra crecerá y alcanzará los 23 millones de muertes en 2030.

En esta fecha tan particular, quisiera hacer un homenaje a un grande de la ciencia argentina –famoso también universalmente-, en el que la auténtica modestia no era un mérito, sino una necesidad: René Favaloro. Él sentía que quien se embriaga con el aplauso es porque no lo merece. Era médico y murió a los 73 años.

Fue un hombre, que sufrió como propio, todo el dolor de la humanidad. Su existencia fue la demostración más cabal, que en épocas de impiedad siguen naciendo hombres muy piadosos. Del Dr. Favaloro puede decirse que quien da conocerá la ingratitud, pero también la emoción de dar.

La muerte de Favaloro me hace pensar que para matar a un cóndor majestuoso sólo basta una gota de veneno (o un solo disparo en el corazón, en el caso del científico).

Quien esto escribe estuvo internado cuatro días en su Instituto, aquí en Buenos Aires. Era sólo para un chequeo general. En esa época, el Dr. Favaloro sólo operaba. Casi no visitaba a los internados. Téngase en cuenta que en los varios pisos de su Instituto siempre había cientos de pacientes. Y él se dedicaba a operar de ocho a diez horas diarias. Además, como Director General, realizaba muchas otras tareas.

Y quiero relatarles una experiencia personal, que expresará toda mi gratitud a este médico apóstol, porque muchos dan, pero algunos viven para dar. Sé que un homenaje a un muerto ilustre no lo resucita, por supuesto. Pero lo ilumina.

Me habían recomendado, repito, a su Instituto para un chequeo general, como ya mencioné, y allí me interné. A las pocas horas, golpearon a la puerta de mi habitación. «¿Se puede?» Era el mismísimo Favaloro, con su sobria y cordial sonrisa, que tenía la delicadeza de visitarme, y además de solicitar permiso para entrar a la habitación.

-¿Puedo sentarme en su cama?-, dijo extendiéndome la mano.

-¡Por supuesto!-. Se quedó más de una hora conmigo.

Dos enfermeras que entraron en distintos momentos se sorprendieron.

-No estoy como médico-, me dijo. Vengo solamente a conocerlo.

Y pido perdón, por esta muestra mía, quizá de vanidad.

Y comenzó diciéndome:

«Yo conozco dos de sus aforismos de memoria. ¿Se los digo?». Y me repitió primero el más conocido. El que dice: “Hay quien arroja un vidrio roto sobre la playa. Pero hay quien se agacha a recogerlo…”

-¿Y el otro?-, le pregunté. Y el otro lo recuerdo -me dijo- porque lo tengo colocado bajo el vidrio de mi escritorio, en un señalador. Y de sus labios salió este aforismo de mi primer libro:

-El médico que no entiende almas, no entenderá cuerpos.

Claro. Él, por cierto, entendía almas. Recuerdo que me sentí muy emocionado y halagado simultáneamente.

Vino a verme todos los días de mi internación y jamás me habló de medicina. Me lo explicó diciéndome: «Otros médicos de mi institución están en mejores condiciones para aconsejarlo. Yo hago cirugía exclusivamente. Y no es su caso, Narosky».

El último día –ya me daban el alta- vino para obsequiarme uno de los libros que había escrito. Lo tituló “Memorias de un Médico Rural”. Y agregó: “En este libro están mis 12 años como médico rural en La Pampa».

Para terminar, la vida de Rene Favaloro, fue una verdadera lección de dignidad, de hombría de bien. Diría que fue una especie de sacerdote laico.

Por eso, el aforismo final quiere aludir a su permanente lucha contra la incomprensión, la frialdad, el egoísmo.

Y este es el aforismo para este científico, cuya muerte, no fue una muerte individual:

“Los grandes hombres perciben cuando predican en el desierto. Pero siguen predicando”.

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