miércoles, mayo 22, 2024

Cayetano Silva, el músico de la Marcha de San Lorenzo. Por José Narosky

“Aprendemos a aceptar. Pero no podemos aprender a sufrir”.

Se dice que las grandes obras siempre sobrepasan a sus autores. Es como decir, que el libro de un gran escritor suele ser mejor, más perfecto que el hombre que lo escribe. Y es lógico que así sea.

Y también se ha dado, frecuentemente, que la fama de un determinado libro haya casi llegado a ocultar el nombre de su autor.

En música ha sucedido también que una melodía muy famosa ha borrado parcialmente, el nombre de su creador.

Muchas incluso se transformaron en anónimas.

¿Por qué estos comentarios?. Porque quiero aludir hoy al músico que compuso nada menos que nuestra “Marcha de San Lorenzo” y que falleciera hace mas de cien años: Cayetano Albino Silva.

Era uruguayo. Y que lo fuera nada quita a su fervor patriótico y a su cariño por nuestra tierra.

Escribió, repito, la música de la “Marcha de San Lorenzo”, que dedicó al General Ricchieri. Esa marcha que tantas veces hemos cantado en nuestra niñez lleva aquellos versos iniciales tan pegadizos –escritos por Carlos Benielli- seis años después, de creada la música, en 1908. Se ejecutó por primera vez oficialmente, al inaugurarse un monumento de San Martín en Santa Fe. Otra oracion manifesta que la primera ejecución fue en el convento de San Carlos, junto al lugar donde se desarrolló de San Lorenzo.
Recordemosla:

“Febo asoma. Ya sus rayos,

que iluminan el histórico convento…”

Y se suele desconocer que Cayetano Silva dio vida musical a otra marca patriótica: “Curupaitÿ”, a la que se denomina también “Tuyutí”.

Y una pequeña acotación biográfica sobre Silva.

Había nacido en 1868, en el pueblo uruguayo de Maldonado, al que hoy pertenece el balneario de Punta del Este.

Maldonado contaba entonces con escasos mil habitantes.

Nuestro músico, provenía de un hogar muy humilde. Y era hijo y nieto de esclavos.

Sus padres se trasladaron a Buenos Aires en busca de trabajo.

Cayetano Silva tenía 13 años. Trabajó inicialmente de mensajero.

Estudiaba simultáneamente composición, oboe y piano.

Intuía –y no se equivocaba- que para remontar vuelo, primero hay que caminar.

A los 17 años ingresó a la banda del Regimiento 7 de Infantería como ejecutante de corno.

A los veinte años ya dirigía esa orquesta del Regimiento.

Finalmente dejo el ejército para dedicarse enteramente a la música.

Siguió creando. Sabía que crear belleza es vencer a la muerte.

Silva no era un hombre práctico y sufría muchas estrecheces económicas.

Y un episodio final, doloroso quizá, pero que pinta la incomprensión que debió soportar.

Silva estaba radicado en Rosario. Se produjo allí una vacante para un cargo de director de orquesta y se presentó.

Con sus aptitudes y antecedentes el cargo era prácticamente suyo. Además necesitaba ganarlo para poder comer.

Al poco tiempo se enteró que finalmente había sido designado otro candidato que él conocía bien por haber sido su alumno. Poco tiempo antes, y de muy inferiores aptitudes y antecedentes.

Indagando el porqué, llegó a sus oídos que él había sido excluido por el enorme pecado de ser de piel muy morena. Sí. Era mulato.

Alguien había tachado su nombre por ese solo motivo. Es que el racista siempre confunde diferente con inferior.

Ese alguien ignoraba que el hombre vale por sus sentimientos, por su corazón, no por el color de su piel o por su convicción religiosa.

Pero ese ser insensible no podría comprenderlo. Porque cuanto menos vale un hombre, menos valoriza a los demás.

Cayetano Silva, el moreno uruguayo, autor de “La Marcha de San Lorenzo” no podía soportar el hambre. Pero menos aún el agravio.

Pero inteligente como era, sabía que no existen argumentos contra el odio racial. Porque además de ciego, es sordo.

Murió poco tiempo después, un día 12 de enero de 1920.

Tuvo una vida materialmente difícil, pero Dios le otorgó una indestructible riqueza interior: la música, que en definitiva le posibilitó la inmortalidad. Que aunque no le garantizó la vida, se la iluminó.

Su trayectoria vital inspiró en mí este aforismo.

“La eternidad sólo pertenece a los creadores”.

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